Esta es una historia de un niño que se llama Víctor, un niño al que le gusta jugar al fútbol, comer palmeras de chocolate y el beso que le dan sus padres antes de apagar la luz y después del cuento, cuando le dan las buenas noches porque toca dormir.

En el colegio va normal, ni sobresalientes ni suspensos. Bueno, casi, porque un par de veces había suspendido un examen y otra vez su profesora de Valores, una señora muy graciosa, con el pelo blanco y unas gafas moradas, le puso un sobresaliente cuando hizo un trabajo sobre la selección de fútbol de chicas, que acababa de ganar el Mundial.

A Víctor le encanta el verano y pasa un mes con unos abuelos en un apartamento que tienen en un barrio de Salou llamado Vilafortuny. Y otro mes con los otros abuelos, en otro apartamento que tienen en un barrio de Noja que se llama Trengandín. Por eso cuando está a solas le gusta repetir las palabras Trengandín y Vilafortuny, casi haciendo con ellas una canción que le sabe a la sal del mar.

Él pensaba antes que todos los abuelos del mundo tenían apartamentos en la playa, en el Mediterráneo, en el Cantábrico o en otros mares, eso daba igual, pero estaba seguro de que, por ser abuelo, tenías un apartamento y te llevabas a tus nietos a pasar un mes de verano. Se tuvo que hacer un poco más mayor para comprender que ni todos los abuelos tenían apartamentos, ni mucho menos en la playa, ni muchísimo menos se llevaban en verano a sus nietos. Pero la forma en que se dio cuenta de eso es una historia diferente que os contaré otro día.

Porque lo que ahora os voy a contar es lo que le pasó a Víctor con un trono y un trenecito eléctrico, que es una de las cosas más raras que yo he escuchado nunca. Cuando él volvía el verano del año pasado de estar de vacaciones los dos meses con sus abuelos en Trengandín y Vilafortuny (dicho así como cantando), se encontró a sus padres en el portal de su casa, muy divertidos.

—Hijo, te tienes que ir al Palacio.

—¿Qué Palacio? —les preguntó, un poco asustado, porque él sí sabía de apartamentos en la playa y de canciones con sabor a sal, pero de palacios solo sabía lo que había visto en alguna película.

—Vas a ser el Rey.

—Pero si ya hay un Rey.

—Pero se ha puesto muy enfermo y han buscado en los papeles del Palacio y han encontrado uno en el que dice que tú tienes que sustituirle.

Sus padres le hablaban como de broma, aunque iba todo muy en serio y Víctor no entendía nada, pero obedeció. Siempre pensaba que sus padres tenían razón. Fue después, cuando también aprendió que no todos los abuelos veranean con sus nietos, que aprendió igualmente que los padres a veces se equivocan. Pero esa es otra historia que, ya lo estaréis imaginando, tampoco la voy a contar ahora.

Así que hizo caso a sus padres creyendo que tenían razón. Se despidió de sus amigos y de su familia y se marchó al Palacio. Le pusieron ropa de mayor y le peinaron con raya a un lado y con gomina, que es un mejunje pegajoso que le puso el pelo duro como el barro cuando se seca. Nada de eso le gustó demasiado. Le dejaron después sentarse en el trono del Rey, que era de oro y piedras preciosas. Y le preguntaron los consejeros reales por las decisiones que había que tomar en el país, todas muy importantes. Y le hacían caso en lo que Víctor les decía. Todo eso sí le gustó. Hasta empezó a levantar el dedo cuando decía lo que había que hacer para que el país fuera mejor, poniéndose muy serio, al revés que sus padres, que se habían quedado partiéndose de risa.

Ellos, sus padres, venían a verle de vez en cuando pero, como sustituto del Rey, estaba muy ocupado y muy serio, cada vez más. Porque, sin darse apenas cuenta, se creyó que tenía que estar todo el rato lo más serio posible para decidir sobre esas cosas tan serias y tan importantes para el país.

Pasaron las semanas y los meses. Todo ese tiempo sentado mucho rato cada día en el trono y con el pelo como el barro seco, dando órdenes y decidiendo con los consejeros reales. Pasó un curso entero de sustituto del Rey y una mañana, sin saber muy bien por qué, el trono ya no le pareció tan bonito, ni levantó el dedo para decidir sobre el bien del país y el pelo le tiraba mucho por la gomina. Esa noche se puso a llorar pensando en sus padres y en sus amigos, porque les echaba cada vez más de menos.

Lo siguiente que hizo fue dar una orden que, la verdad, tendría que haber dado nada más llegar al Palacio unos meses antes.

—Quiero ver al Rey.

Los consejeros reales se miraron con cara de susto. Le pusieron mil excusas, le dieron largas pero, ante la insistencia de Víctor, le llevaron a una habitación escondida en una zona apartada del Palacio. Entró solo y no vio a nadie.

—Rey… oye, Rey, ¿estás por ahí?

La habitación era bastante grande, mucho más de lo que parecía desde fuera. Estaba llena de juguetes.

—No estoy —le respondió una voz desde el fondo, desde detrás de un muro de soldaditos de plomo.

Se acercó y lo vio. Era el Rey, era un señor mayor pero estaba jugando con un tren eléctrico de juguete.

—¿Qué haces?

—Jugar —respondió el Rey.

—No pareces enfermo.

—Es que no estoy enfermo.

—Pero eres el Rey, ¿por qué no te sientas en el trono y tomas tú las decisiones importantes para el país?

—Es que yo quiero jugar.

—Y yo también. Y yo soy un niño.

—Pues te aguantas.

Víctor le miró muy fijamente y le dijo:

—No me aguanto más. Ya te he sustituido durante un curso. Me voy, me vuelvo a mi casa. Soy un niño y me voy con mi familia y mis amigos.

Y así lo hizo. Y cuentan que el Rey tuvo que salir de la habitación de juegos y sentarse en el trono y tomar decisiones importantes.

Víctor volvió a su casa y volvió a pasar el verano con sus abuelos, a jugar con sus amigos y a estar con sus padres, que ya no parecían tener todo el rato un gesto como de broma. Cada vez se acordaba menos de lo que le había pasado en el Palacio.

Una Navidad llegó una caja con un regalo. Había una nota:

“Gracias por sustituirme y por recordarme que soy el Rey.”

El regalo era el trenecito. El tren eléctrico de juguete que el Rey ya no iba a utilizar, porque ahora se estaba dedicando a tomar decisiones importantes para el país.

A Víctor le gustó el regalo. Pero lo que más le sigue gustando es jugar al fútbol, las palmeras de chocolate y el beso de sus padres antes de irse a dormir.

© Gaztea Ruiz     Publicado el día 10 de junio del año 2024

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Categorías: RELATOS

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