¿Qué cómo me caí?

Verás, todo fue cosa de mi suegra. A ella hay dos cosas que  le entusiasman: los macizos de hortensias y hacer rizos dobles con su avioneta. Bueno, también le gustan los moteles en los que no te registran el nombre, pero esa es otra historia. El caso es que cuando se enteró de que diecinueve funambulistas iban a cruzar sobre el mar de Sarlicea a novecientos metros de altura, me llamó por teléfono y me convenció para que yo fuera el número veinte. Estaba empeñada en sacarme una foto caminando entre las nubes y ¿qué hice yo? ¡Aceptar como un tonto!

Me puse a entrenar de nuevo, pues desde hace ya un par de años, en el circo no ejerzo la función de funambulista, sino la de presentador. Debo decir que mi actual trabajo me gusta mucho más, aunque no debes creer que es  menos peligroso, ya que a mi mujer le excita verme de uniforme, ataviado con esa chaqueta roja con cordones dorados que cuelgan por todas partes. Así que en cuanto termina la función, en los camerinos se abalanza sobre mí, tratando de introducirme por el culo unos extraños artilugios que compra en los sex shops. Por eso digo ―en parte― que este trabajo me gusta mucho más que el de funambulista. Y ese fue el motivo  por el que no pude entrenar lo suficiente. En parte.

El día que mi suegra sacó la foto, todo iba bien: había relevado al anterior funambulista a la altura del Cabo de Pontias, y no me quedaba mucho trecho para llegar.  Ella había hecho dos o tres pasadas con su Cessna 560 y había sacado varios planos generales, pero entonces se acercó más. Pensé que, sin duda, quería obtener un primer plano, así que dije «patata» y sonreí. Pero se aproximó demasiado y las turbulencias me lanzaron fuera del cable; y por eso es por lo que estoy ante este mostrador.

―Verá, caballero, usted no va a poder alojarse aquí. Lo suyo es un clarísimo caso de suicidio; uno: se presta a poner su vida en peligro por una foto; dos: no entrena; tres: echa la culpa de todo a los demás. Es usted un ser irresponsable, y el resto de los residentes se quejarían de su presencia. Tendrá que probar en el limbo.

―¿El limbo? ¿Sabes si necesitan presentador de circo allí?

Carlos Calbacho (2017) ©

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