Al cabo de tantos años, ahora tengo por fin una provincia donde enviar esta carta, una ciudad donde ubicarte.

Cuando fallecieron mis padres me tocó la casa del pueblo, ese pueblo en que tú, cada domingo con una puntualidad de reloj suizo, venias a buscarme a las seis  en punto sobre tu vespa.

En el desván de la vieja casona, había dos baúles y un arca de madera oscura con una gran cerradura siempre cerrada. De niña intentaba con toda suerte de utensilios liberar aquella gran aldaba que cerraba el ojo de la cerradura, y por más que lo intentaba, nunca pude abrirla.

Ahora mi misión era encontrar la llave grande que la abriera, y me puse a rebuscar por todos los cajones de la casa. Había llaves antiguas y modernas, de todos los tamaños y tonalidades. Pero ninguna era la del arca de los secretos, así era como mi madre la llamaba.

Después de días organizando y tirando cosas, se me ocurrió mirar sobre las vigas del desván cerca del techo, y de pronto, aparece ante mi… una gran llave negra, que enseguida supe a quien pertenecía, si, al arca guardiana de los secretos.

Allí había de todo, fotografías de mis padres de novios, cartas, la foto de uno de mis hermanos que había fallecido de bebé, los faldones del bautizo y misales de nácar blanco de las primeras comuniones de mis hermanas y de la mía, postales de cuando mi padre había hecho la mili en África y poesías de amor, escritas por mi madre para mi padre. Y de pronto encontré cartas mías de todos mis años pasados en el internado de monjas. Me puse a leerlas, para poner fechas y acontecimientos a mis diez años pasados fuera del entorno de mis padres y hermanos. De pronto veo una dirigida a mi…. y de remitente tú, mi primer novio y mi futuro marido en aquellos tiempos, hasta que la tierra te tragó y desapareciste.

En ella me pedias cita, hora y lugar para entregarme el anillo de compromiso, porque la semana siguiente tenias que contestar a tus superiores si aceptabas el destino en Asturias y todo dependía de mi, si te daba el si y nos casábamos, te quedabas conmigo y en nuestra ciudad. Si te rechazaba te irías fuera.

No daba crédito, una carta dirigida a mi… ¿Mi madre? ¿Mi padre? Mis hermanos? ¿Quiénes habían decidido abrirla y no dármela? Me entró un ataque de ansiedad. Una carta con treinta años de retraso había llegado a mis manos, una carta que iba a decidir mi vida, mi futuro, temblaba en mis manos. Un destino cambiado, no sabré nunca porqué.

Ahora comprendo porqué el mar azul siempre me recordaba tu vespa, porqué he deseado mil veces comprarme una.

¡Cuantas veces me he preguntado porqué no viniste a buscarme aquel día! ¡Porqué me dejaste plantada a las seis de la tarde de un domingo! ¡Porqué el amor que nos juramos desapareció de pronto!

Como juega la vida con las personas. Debería estar en paz ahora que sé que no me dejaste, sino que has tenido la misma sensación de abandono que yo durante todo este tiempo Qué tampoco tú comprenderías nada, porque falté a tu cita.

¿Acaso no te amaba?

Ya sé que tu destino es Gijón, pero no sé como mandarte esta carta

Creo que debemos encontrarnos, mirarnos a los ojos y perdonar a los que (Dios sabe con que intención) nunca me dieron tu carta. Quizá reírnos. Volver ahora, ya en nuestra madurez, al pueblo. Tú conduciendo la vespa azul y yo, sentada atrás con un pañuelo anudado al cuello, falda de tubo y zapatos planos.

Poner el reloj del tiempo hacia atrás y volver a vivir ese tiempo que nos han robado.

©Andrea Uña                                 Publicado el día 28 de mayo del año 2024

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