EL CONTESTADOR

Llegó a casa cansado. Había tenido uno de esos días horribles en los que casi todo se amontona para hacer imposible un solo momento de tranquilidad. Dejó la americana sobre la mesa del comedor y decidió quitarse los zapatos para sentirse, aunque fuera metafóricamente, medio libre.

De pasada, en la penumbra, vió como esa especie de semáforo intermitente de los contestadores automáticos se iluminaba tres veces anunciando otras tantas llamadas.

En la cocina bebió un poco de agua fría y encendió un pitillo. Anocheció despacio y por la ventana del patio interior llegaban las sonrisas de todos los canales de televisión. Descalzo, volvió hasta la salita y se acercó al contestador automático camino del compact-disk. Sonó un primer mensaje con un recado de su madre: «llámame si no es muy tarde, no sé nada de ti desde hace semanas». Eran casi las once.

Mas que sentarse, se dejó caer en el sillón. Es curioso el cambio de papeles, ahora es ella, con sus casi 80 años, la que depende de él, a la que tiene que regañar de vez en cuando entre risas, la que debe obedecerle por su bien.

Pronunció en voz alta la palabra «madre» y se vió en el espejo medio calvo, medio abatido y la cajita marrón sobre la mesa, y dentro de la cajita entre papeles y bolígrafos, su complejo de Edipo: «Tienes complejo de Edipo» se dijo en voz alta, y mientras Luz Casal desgranaba un bolerazo se respondió que sí, que hacía falta ser un tipo muy repugnante para dejar de estar alguna vez enamorado de tu madre.

El segundo mensaje no existía; algún arrepentido o arrepentida. Casi mejor montarse una película con la llamada que nunca existió, imaginar que era ella y que en el último momento…

Fue justo entonces cuando escuchó el tercer mensaje del contestador. Justo en el momento en que la luna había conquistado la altura de la ventana inundándolo todo de un frío azul neón. Giró la cabeza hacia el teléfono, sin darse cuenta justo cuando aquélla voz, que no era otra que su voz, comenzaba de una forma convencional si no fuera por un mínimo temblor que adivinaba: «Hola. Ya sé que no estás. Ya sé que si te dejo mi nombre y mi número de teléfono te pondrás en contacto en cuanto puedas; es decir ahora que me estás oyendo. Pero no. Ya sé que solo tengo un minuto, pero me sobra tiempo porque solo te llamo para decirte adiós. Solo quiero que te imagines que te estoy imaginando, es decir, que me estoy llenando de tu imagen para llevármela conmigo, porque es lo único que has sido capaz de darme en esto casi dos años.
Tú imagen y este solo minuto de tu precioso tiempo para decirte adiós, para intentar decirte apenas que yo también te quiero, aunque seguramente es demasiado tarde. Siempre -es una frase tuya – es demasiado tarde. Solo quería que lo supieras y que entendieras que si me voy con él es porque la vida….»
Le temblaba el pitillo entre los labios y culpó al humo que se le habíametido en los ojos. Susurró suavemente aquella despedida de película: «si pudieras irte ahora y volver hace 10 años.» Cerró los ojos y esperó que el mensaje continuara.
Pero el resto fue silencio. Solo la voz de Luz Casal insistía en medio de la noche: «…y entenderás en un solo momento qué significa un año de Amor…»
Fue entonces cuando serenamente, como un hombre, se echó a llorar, esta vez sin coartadas

ADIÓS

Llevaba toda la tarde sentada al lado del teléfono. A las ocho pasaría a recogerla para irse juntos al aeropuerto. Las maletas yacían en el recibidor desde el mediodía. No quedaba nada por hacer, salvo despedirse, por eso llevaba toda la tarde sentada al lado del teléfono, preguntándose cómo decirle adiós, como se dice adiós a alguien que no ha llegado, que no ha terminado de llegar nunca…Decir adiós para siempre, sabiendo que realmente lo sería. Hubo otras despedidas antes que se juró serían definitivas, pero en el fondo, ella sabía que volvería a sonreír de nuevo al verle. Ahora no. Este adiós lo sentía dentro. No había nada mas que pudiera hacer. Alguien llegaría a las ocho para irse con ella al aeropuerto, para medio llenar ese espacio de aquél que nunca llegó.

Las ocho menos cuarto. Descolgó el auricular. No estaría en casa. Sería mas fácil así, bastaría con dejar el mensaje en el contestador. Solo eso, y una vez grabado ya no podría arrepentirse. Sonaron los cuatro tonos y después su voz. en ese mensaje impersonal que siempre se le antojó dicho solo para ella.

Tras la señal se oyó un silencio, denso, vacío. Pasaron mil escenas por su cabeza, mil caricias sobre su piel. El silencio esperaba al otro lado del teléfono. No tenía sentido. Colgó.

Apenas cinco minutos para las ocho. Sonó el timbre del portal. Deseó con toda su alma que fuera él, que llegara rompiendo toda su razonada y lógica decisión, que lo irremediable fuera un poco menos posible y que esas malditas maletas volvieran a abrirse de nuevo en casa… Pero no, pasaba a recogerla a ella para ir al aeropuerto, él, ese otro él.

No había ya tiempo. Marcó otra vez su número de teléfono y habló: » Hola , ya sé que no estas. Ya se que si dejo mi nombre y mi número de teléfono te pondrás en contacto conmigo en cuanto puedas; es decir ahora que me estas oyendo, pero no. Ya sé que solo tengo un minuto, pero me sobra tiempo porque solo te llamo para decirte adiós. Solo quiero que te imagines que te estoy imaginando, es decir, que me estoy llenando de tu imagen para llevármela conmigo, porque es lo único que has sido capaz de darme en estos casi dos últimos años. Tu imagen y este solo minuto de tu precioso tiempo para decirte adiós, para intentar decirte apenas que yo también te quiero, aunque seguramente es demasiado tarde. Siempre, es una frase tuya, es demasiado tarde. Solo quería que lo supieras y que entendieras que si me voy con él es porque la vida…No supo seguir. No podía explicar en los escasos segundos que restaban a ese minuto un porqué que ni ella misma conocía, solo sabía que no había nada más que hacer, salvo decir adiós. Lloró serenamente a pesar del estridente ruido del timbre que insistíaen que bajase. Lloró sin fuerza, cansada. Tomó sus maletas y cerró la puerta.

Desde la escalera creyó oír el teléfono sonando en su piso. Se paró.

Nada. Nada. Tal vez solo escuchó su propio deseo. » Adiós «.

©Jon De Lahuerta

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1 comentario

Fernando González Ausin · 24/10/2023 a las 13:28

Un relato intimista..y 2 perspectivas…ahonda en la cotidianidad de uno mismo…muy personal…muy sugerente…Fantástico, sugerente intrigante…Gracias Jon por tu magnífico relato.

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