Lola zigzaguea por las callejas desde la taberna del puerto en la que su elegante figura le ha ganado el apodo de la Fragata.

La travesía le lleva al cuartucho que comparte con su hijo. Abre la puerta, cae al suelo la jarra de vino y desparrama la sorpresa. Ismael, su marido perdido en el naufragio del «Palmira», contempla al pequeño que duerme. Lola se cubre el escote con la toquilla sucia, aunque no siente culpa por lo que cree ver en el silencio de los ojos de Ismael.

El marino se levanta ante los restos de Lola y abre en silencio los brazos, diques que ofrecen refugio. Lola entra a puerto con lágrimas en las velas.

Ha vuelto a casa.

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