Agradezco la luz del penúltimo domingo de abril durante las primeras horas de la mañana, cuando el tiempo y el espacio fluyen amigos y serenos.

Percibo la bajamar mientras camino, mirando todo lo que me enseña, observando todo lo que alcanzo con la mirada, y me dirijo a ocupar ese mundo como si fuera el primer astronauta que explora un raro planeta. En la playa planto mi bandera invisible y me desplazo con sigilo sobre la arena, casi flotando, con mi cámara de fotos en la mano izquierda, tomando las imágenes que quiero.

Descubro un lienzo inabarcable en el que se extienden imágenes efímeras, fósiles perecederos que sobreviven algunas horas al inevitable efecto de las mareas y al insistente machaqueo de las pisadas de personas que vienen y van.

Deambulo por una foresta de árboles de extrañas formas, un ecosistema en el que conviven  especies inclasificables, posando y esbozando intrincadas ramificaciones, mínimas y complejas, finitas e inabarcables.

Descubro costas, acantilados, islas y montañas casi inexploradas. Lugares detenidos en el tiempo, esculpidos hace un millón de años, donde se encuentran el sol, la tierra, el mar, el aire y la gravedad: el origen de la vida parece adivinarse.

Camino sin pisar, yendo ávido en diferentes direcciones, explorando como un geólogo alucinado, como un agrónomo empecinado, como un obseso clasificador de imágenes. Me espera una y otra vez un bosque de arena, húmedo y horizontal, árboles emparentados en sus formas ancestrales, con su verticalidad aplastada en bajo relieve. Oasis de mar salado expuesto al sol.

No soy yo, perdido, quien busca en el bosque, son los árboles los que me encuentran.

Termino mi deambular pensando en los miles de caminantes que miran por dónde van, y también intuyo a los paseantes que no miran adónde van, y sé que no evitarán pisar mi bosque desapercibido en la arena. Presiento que en breve será un yacimiento arqueológico casi destruido por miles de pisadas, y que tras las horas se deshará en la marea diluyendo árboles, fundiendo fósiles, anegando oasis, para resurgir en la próxima bajamar, y acaso volver a ser encontrado por otras miradas. Ese bosque de arena que recibe luz cada día.

©Juantxu Bazán                                                                 Publicado el 13 de enero del año 2024

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