Escucha aquí «Puntos suspensivos»

Camino por el espaldón del rompeolas como si fuera andando por el lomo de uno de los tomos de una enciclopedia visual en la que se dibujan placeres, pensamientos y más de un misterio.

Alguien, en su diario deambular por el espigón, ha dejado en el lienzo de hormigón una extraña impronta, una señal para sí mismo y para quien quiera leer un mensaje expuesto a la intemperie. Reconozco sobre la curva del espaldón una larga procesión de puntos suspensivos, caligrafiados con chicles mascados, aplastados y adheridos, uno tras uno, y otro más, una secuencia de lo que antecede y de lo que va a venir; y sigue la sucesión de puntos, ordenados en traza rectilínea, paralela al horizonte mar, una alineación indefinida en la que se pueden contar más de cuatrocientos chicles pacientemente incrustados en la superficie del mortero, mensajes sellados día a día, certificados con saliva y goma de mascar.

Cuatrocientos días después intento descifrar el enigma, imaginando al masticador sacando su argamasa de la boca, colocando cada pieza equidistante con una ingeniería capaz de resistir el temporal del mar, poniendo orden al paso del tiempo con su interminable obra suspensiva. Quizás nuestro anónimo delineante quiera detener cada instante con su austero grafismo, cultivando su propia rutina, recreándose en su ingenua obra civil, como si fuera una ruta para descubrir el mapa del tesoro.

Y cada día añade una moneda más a su colección de chicles suspensivos.

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