El otro día, un vecino de Castro Urdiales, me indicaba que, en su opinión, para triunfar en el oficio de escritor, era conveniente hablar con claridad. Para llegar a todos los públicos, el saber utilizar un lenguaje llano y comprensible era lo más recomendable. Ese simpático mensaje se me quedó grabado.

En este complejo mundo de la literatura hay de todo. Si escarbamos entre las metáforas, comparaciones, apóstrofes y demás formas y recursos literarios, es fácil descubrir el significado equívoco y nos liamos con lo que uno no busca o, por el contrario, con lo que desea encontrar, identificándose con plenitud entre las letras.

La poética, que siempre está de moda, es uno de esos géneros literarios junto con el narrativo, lírico, dramático y el didáctico que puede compartir un contenido semejante, pero, que, por su propia estructura, presenta muchas veces una gran dificultad en su interpretación y comprensión.

Si ponemos de ejemplo la temática amorosa, se me ocurre citar de la comedia de enredo “El perro del hortelano”, de D. Lope Félix de Vega, estos versos hablando un lenguaje diáfano del exasperante y celoso amor:

“Si no te quiero te enfadas,

y enójaste si te quiero,

escríbeme si te olvido

y si me acuerdo te ofendo;

y si te entiendo soy necio.

Mátame o dame la vida:

Da un medio a tantos extremos.”

O del maestro Pablo Neruda sobre su Oda al amor, ensalzado y apasionado, pero más ambiguo en la percepción:

“Amor, hagamos cuentas.

A mi edad

no es posible

engañar o engañarnos.

Fui ladrón de caminos,

Tal vez,

no me arrepiento.

Un minuto profundo,

una magnolia rota

por mis dientes

y la luz de la luna

celestina.”

 

Y al hilo de todo esto, regreso al inicio, al consejo de mi amigo cántabro… aquel que quería que le llamara al pan, pan y al vino, vino y abandonara la filosofía y tanta leche.

A él le cuento, lo que hoy será claro y conciso: un breve relato de amor desesperado con un final abierto que os dedico. Escrito al borde del mar Cantábrico, comienza así:

“Te amo. Allí donde apareces sacudes el ambiente con el fulgor de tu mirada, tus palabras francas, tu sonrisa amplia. Da igual que no me quieras. No puedo negarlo, soy mendiga de tus deslices furtivos, de cualquier limosna que me concedas a hurtadillas.

Así, como te adoro, no espero nada a cambio de un imposible y aunque los días sucedan tristes y aburridos sin tus noticias, te pienso hasta agotarme.

Tengo claro que tu vida es tu vida y también que ni te importo, pero tampoco

te estorbo. Como explicaba, … te amo. ¿Te queda claro?”

Y para finalizar este relato, añado sin dudarlo, una de mis coletillas, a modo de reflexión.

Moraleja: Es aquel que escribe más astuto que ninguno. Segura estoy de que nunca se puede descubrir del todo el enigma oculto en las palabras; tendrán que discurrir ustedes, dónde está la verdad o la mentira. Y ya, de paso les digo… Adivinen si son sagaces, cuántas tormentas padece el que escribe, y cuantas, también, los que nos leen.

Isabel Bravo Gutierrez-Barquín     Publicado el 27 de febrero de 2024

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