Era una tarde gris de lluvia. Regresaba de la Iglesia de Santiago después de restaurar las pinturas de los dragones del ábside, identificado como el dragón apocalíptico de las siete cabezas. Fue un trabajo tan arduo como placentero para mis ojos y mis manos. Volvía con la satisfacción de la obra realizada, pero también con agotamiento. Mis ojos sentían el peso de esa mañana, clavados en aquel dragón. Resistían, llorando tanto o más que las gotas de lluvia que caían sobre mi rostro cansado.

Como cada tarde, abrí el buzón de casa y encontré las habituales facturas de luz, agua y teléfono; era el primero de mes, y esas facturas eran como fieles compañeras. Sin embargo, había un sobre diferente, de una agencia de viajes con la dirección viajes@tierratragame.com, del departamento «déjate llevar». Resultaba extraño, ya que años atrás trabajé en una agencia de viajes que se disolvió, y mi dirección no figuraba en ningún lado. Aunque intrigado, abrí rápidamente aquel sobre, con el sobre en una mano y un folleto en la otra, y comencé a leer…

«Debido al buen rendimiento que su agencia de viajes obtuvo de nuestros folletos, ofertas y viajes de nuestro ‘Hotel Quinta das Lágrimas’, le comunicamos que ha sido premiada con un ‘cheque regalo’ válido para un fin de semana en nuestro hotel de Coimbra, Portugal. Esto le permitirá conocer in situ nuestras instalaciones para una mejor divulgación de nuestros servicios a sus clientes. Sin más que añadir, le esperamos en nuestras instalaciones el próximo fin de semana. En caso de poder asistir, rogamos lo comunique a nuestro departamento de reservas.»

Todo eso iba leyendo mientras subía las escaleras hacia mi pequeño apartamento, continuaba leyendo mientras sacaba las llaves de mi mochila y seguía leyendo torpemente mientras, sin mirar, pretendía abrir aquella puerta. Finalmente, accedí a mi apartamento, terminando de leer aquella carta cuyo contenido me hizo vibrar.

Cuando trabajaba en la agencia de viajes «El Turismo que Viene», llegaron a mis manos unos folletos de aquel hotel. Quedé prendada por la leyenda que dicho hotel guardaba entre sus dependencias: un notable establecimiento localizado en una propiedad arbolada y llena de lagos. La memoria romántica aún perduraba de la trágica relación entre el Príncipe real D. Pedro y la bella Inés de Castro, condenada a muerte por orden del rey Alfonso IV. La leyenda contaba que por las noches, en el silencio y soledad de sus jardines, se veía una sombra negra paseando alrededor de la famosa fuente «la fuente das lágrimas».

Medio sin sentido, caí en el sillón de casa con aquel papel en una mano y el sobre en la otra, sin poder reaccionar. Mis ojos ya no veían lo que estaba delante de mí; solo veía aquel hotel, donde me alojaría durante un espléndido fin de semana que, para mi sorpresa, yo misma había pagado.

Sin más pensamientos, me levanté rápidamente de mi sillón y me dispuse a hacer la maleta. Aunque era viernes por la mañana y sabía que aún tenía tiempo, mi impaciencia me impulsó. Fui velozmente a poner el coche en perfectas condiciones para ese viaje. A pesar de ser largo y tener que salir por la noche, me entusiasmaba viajar en esa hora.

Eran las diez de la noche, y no podía esperar más. Deseaba llegar cuanto antes a aquel hotel para revivir aquella historia y leyenda. Bajé la maleta al coche y emprendí ese inolvidable viaje. Aunque la gente suele poner la radio en un viaje largo en coche, especialmente de noche, yo preferí música relajante; en ese momento, no había nada que pudiera hacerme dormir.

Hice una breve parada en un bar de carretera, me senté a tomar un café calentito. Fue curioso; mientras estaba sentada, pude ver a un hombre justo enfrente de mí, en la mesa del fondo. Su espalda estaba pegada a los grandes ventanales desde donde se divisaba la autopista. Sus ojos se clavaban de manera insistente y especial. Era un hombre algo desaliñado, parecía alto, moreno, con largas barbas y un aspecto un tanto gruñón. No dejaba de mirarme hasta el punto de ponerme nerviosa, así que dejé mi café a medio terminar y salí hacia mi coche de nuevo.

Una vez estuve sentada en él, miré de reojo por la ventanilla, pero aquel hombre ya no estaba allí. Eché una ojeada por fuera del bar, y tampoco lo vi. Posiblemente había entrado al baño, ya que a través de la gran cristalera se podía divisar perfectamente el interior del bar, y su enigmática figura no daba señales de vida.

Un tanto extrañada, me volví a relajar, puse en marcha mi coche y emprendí de nuevo el camino. Ya estaba cansada de la música tan relajante que había llevado puesta desde que salí de casa, así que cambié a la radio. Curiosamente, había un programa de debate sobre la historia de Pedro I e Inés de Castro. Discutían cómo un hombre apodado «El cruel» o el «Justiciero» podía haber formado parte de una historia tan romántica y apasionada, a pesar de aquel final tan brutal.

A pesar de todas las horas que llevaba conduciendo, no estaba ni tan solo un ápice cansada. Con la historia leída en tantos folletos en mi agencia y después aquel programa de radio, tan solo deseaba pasearme por aquellos jardines testigos de aquel amor.

Por fin me encontraba allí, delante de aquel palacete de arquitectura barroca. Aparqué mi coche en el parking privado del hotel, entré al vestíbulo con la maleta y me acerqué al mostrador para mostrar la carta con el cheque.

«Buenos días», dije al recepcionista mientras le enseñaba mi carta y el cheque de estancia por un fin de semana.

«El cheque está conforme, señorita, pero esta carta… no sé, el membrete no me suena. Aquí normalmente no utilizamos este membrete. Bueno, sí lo usábamos al principio, cuando se abrió este palacete, luego lo cambiaron, se modernizaron. Por eso es tan extraño, pero lo importante es el cheque. No se preocupe, no pasa nada, todo está bien. Ahora mismo le diré su habitación y le daré la tarjeta.»

«Agradezco eso. Espero que no haya ningún problema. Recibí esta carta por ser minorista en agencia de viajes y ofertar los folletos de este palacete a mis clientes.»

«No se preocupe. Aquí admitimos el cheque. No admitiríamos la carta. No reconozco este membrete como actual y menos quién la firma, pero es lo menos trascendente. Tranquila. Aquí tiene su tarjeta. Es la ciento quince, tiene suerte. Es la habitación que da justo a los jardines. De noche, hay una vista preciosa, espectacular, de ensueño. Le gustará», dijo mientras me daba la tarjeta de la habitación. «Le será fácil encontrarla. Las escaleras las puede encontrar a la derecha», indicándome con la mirada hacia el frente.

«Gracias, gracias por todo», respondí.

Cogí la tarjeta y la maleta de ruedas, y hacia el ascensor fui. Llegué a mi habitación, que se encontraba al final del pasillo, al lado de un balconcito precioso que daba a los jardines. Me imaginé que mi habitación también podía tener esa vista y, con esa esperanza, abrí la puerta con aquella tarjeta.

Una vez dentro, quedé maravillada. Era una habitación preciosa con una gran cama de matrimonio al fondo, un cuarto de baño a la izquierda y, un poco más adelante del baño, una especie de terracita con una mesa blanca de forja y un par de sillas. Era algo extraño que una simple invitación para una minorista se empleara tan a fondo para que me sintiera tan bien; más bien parecía una suite nupcial. Me faltaba la pareja, ¡jaja! A la derecha de la habitación había un armario empotrado. Lo abrí y encontré mantas, bolsitas para posible ropa sucia y, al fondo y casi oculto por una tabla, ¡un lienzo y una caja de pinturas! Inmediatamente pensé que algún artista se había alojado aquí y lo había olvidado. Lógicamente, llamé a recepción, y subió uno de los empleados que se encontraban en el mostrador.

«Dígame, ¿de qué objetos habla?»

«Pues de este lienzo y de esta caja de pinturas. Me extrañó verlo en el fondo del armario.»

«¡Vaya! Es muy extraño. Nadie ha llamado para reclamarlo. No sé, miraré quién fue alojado en esta habitación antes que usted.»

«Gracias, pero por favor no me llames de ‘usted’.» Dije sonriendo.

Acto seguido, bajó abajo para informarse, y tras unos minutos transcurridos, de nuevo llamó a la puerta de mi habitación.

«Vaya, pues no ha habido demasiada suerte. Fue un hombre solo el huésped que se alojó en esta habitación, pero no disponemos de ningún número de contacto para poder hablar con él. Y ahora que recuerdo, era un hombre un tanto extraño. Se pasaba las horas contemplando ese rincón del jardín. De hecho, un día nos preguntó si podía comer ahí. Lógicamente, le dijimos que el servicio de comedor no llegaba hasta esas dependencias y que únicamente podía tomarse una copa ahí por la noche, si eso le apetecía. Y ya digo, no me extrañaría que fuera de él. Tenía aspecto de bohemio, era un buen hombretón con largas barbas.»

«Dices con largas barbas?» pregunté temblorosa, aquella descripción me estaba recordando a mi “amigo” de la cafetería.

«Bueno, sí. Sé que resulta algo extraño que me quede con tantos datos, pero soy muy observador, y hay ciertos huéspedes que no pasan muy desapercibidos.»

«Ya veo, bueno, pues por mí, no hay inconveniente en que se quede en el armario ese lienzo y las pinturas.»

«Si quiere, me los puedo llevar al almacén hasta que vengan a reclamarlo.»

«Es igual, tranquilo, no importa, a mí no me molesta.»

«Como quiera. Es usted muy amable. En cuanto le produzca cualquier molestia, no tiene más que decírmelo, y automáticamente me los llevo de aquí.»

«No se preocupe.»

«Bueno, pues si no desea nada más, volveré a mi trabajo.»

«Sí, claro, por supuesto. Gracias por todo.»

«Para eso estamos, señorita,» dijo mientras abandonaba la habitación.

Yo, sin deshacer las maletas, me quité los zapatos y me tumbé en la cama. Estaba cansada del viaje, pero algo pasó. Al ratito de tumbarme, tuve una especie de sueño, muy ligero, pero un sueño…

Me encontraba en la terracita de mi habitación, miraba hacia los jardines. No había nadie, salvo una sombra de un hombre pegada a la fuente de las piedras de colores. Como si hubiese presenciado que yo me encontraba allá arriba en mi terracita, esa sombra posteriormente dio forma a un hombre que dio un ligero giro de cabeza hasta que su mirada se encontró con la mía. Curiosamente, algo en él, por no decir bastante, me recordaba al hombre con quien me encontré en el famoso restaurante de carretera.

Me asustó un poco todo aquello. No dejaba de mirar hacia arriba. Además, me hizo un ademán para que bajase a los jardines. Sentía miedo, pero era un miedo mezcla de curiosidad. Yo me encontraba con la melena suelta sobre los hombros, algo que me extrañó, ya que yo siempre dormía con una coleta. No me gusta que el pelo me moleste mientras duermo. Pero lo más curioso era que no llevaba mi pijama normal; llevaba una especie de camisón antiguo, de los que llegan hasta el cuello.

Por un lado, pensé que en realidad no tenía la mayor importancia, ya que me encontraba sumergida en mi sueño. Descendí hacia los jardines para encontrarme con aquel enigmático hombre. Notaba cómo mis pies medio volaban por la escalera. Hasta creo recordar que iba descalza y, sin embargo, no sentía el tacto del suelo bajo mis pies.

Me encontraba en los jardines, y allí estaba él, junto a aquella fuente. Extendiendo las manos, hizo un ademán para que me acercara a él. De la misma manera que ascendí los escalones, me acerqué a él. Con sus manos extendidas, cogió las mías como una verdadera caricia. Tenía unas manos grandes pero firmes y… suaves. Y me dijo con dulces palabras…

«Te estaba esperando. Has tardado un poco en responder a mi llamada, pero lo importante es que estás aquí, conmigo.»

«No sé muy bien de qué me habla. ¿Usted me ha llamado?»

«¿No recibiste mi invitación?»

«¿Invitación? ¿Fue usted?»

«Bueno, sí. Considérese mi invitada, y como tal, quiero que deje plasmada su huella de que ha estado aquí.»

Me sentía un poco extraña ante aquella situación. Él había sido el que me había invitado, pero yo estaba en un sueño. La lógica no tenía por qué tener ninguna, así que decidí seguirle el juego.

«Y como invitada, ¿qué quiere de mí?» pregunté.

«Quiero que pintes un cuadro de mi dulce amada Inés de Castro.»

Es curioso, pero en ese momento pensé, «tierra, trágame». Justamente, el logotipo de la agencia que me había enviado allí estaba soñando los protagonistas de la famosa historia medieval de la fuente das lágrimas.

«Aquí tienes su foto. Quiero verla sobre la fuente.»

«Pero, ¿cómo?, ¿cuándo?, ¿dónde?»

«Lo tengo todo pensado. Lo harás ahora. Tenemos mucho tiempo, toda la noche. Y aquí tienes todo lo que necesitas.»

Me habló así mientras me mostraba sobre una mesa del jardín justamente lo mismo que estaba en el armario de mi habitación: el lienzo, las pinturas, todo. Y como estaba en mi propio sueño, yo podía hacer lo que quisiera, ser dueña del tiempo y de mis actos, por muy irreales que fuesen.

«De acuerdo, si es lo que desea, lo haré.»

«Sabía que podía confiar en usted. En sus manos lo dejo.»

Y se sentó en la silla que estaba frente a mí en la mesa donde había dejado todas las cosas. Tenía exactamente el mismo gesto que el famoso hombre del restaurante de carretera. Sin más cavilaciones, me dispuse a pintarlo, pero algo de prisa había en mí. Al fin y al cabo, tan solo era un sueño del que podía despertar en cualquier momento. Debía apresurarme en realizar aquel trabajo. Él esperaba impaciente mientras mis dedos se confundían con los pinceles y los pigmentos de pintura con el gesto de aquella «reina después de muerta». Entre mezclas de colores con el tiempo, mi trabajo estuvo terminado.

«Oh… vaya, es increíble. Bella por siempre viva y después de muerta, bella entre sus manos, bella sobre el lienzo, bella sobre la fuente das lágrimas. Siempre mi bella. Realmente le ha quedado maravilloso, pero se ha manchado la cara y las manos. Tenga mi pañuelo, por favor.»

«Gracias, caballero, pero para mí ha sido un verdadero placer llenarme de su historia. Tenga su pañuelo.»

«No, para usted. Quédese con él. No voy a enjugar más lágrimas por ella. Todas quedaron tras él.»

«Gracias. Lo guardaré como honorable recuerdo.»

En ese justo momento, noté cómo su silueta ya no era tal silueta. Era una sombra del pasado, todo se iba difuminando: la fuente, los jardines, todo. Pude escuchar murmullos de gente hablando, pero sin ver a nadie. Justo en ese momento, desperté. Me encontraba en la cama, sin apenas sábanas, sudorosa. Era como si aquella noche hubiese sido la más calurosa de todo el año. Continuaba escuchando aquellos murmullos que me despertaron, venían de los jardines. Me levanté, me asomé a la terraza y… un cúmulo se encontraba rodeando la famosa fuente das lágrimas, comentando, cuchicheando.

Aun tenía los ojos medio cerrados. Era como si hubiese dormido 24 horas seguidas. No podía apenas abrirlos. Algo pasaba o sucedía en los jardines. Me di una buena duchita, me vestí. Sin pasar por el comedor para desayunar, fui directamente a los jardines donde estaba todo aquel cúmulo de gente. Entre ellos se encontraba el recepcionista.

«¿Ha sucedido algo?»

«Pues sí, algo inexplicable. Esta mañana, el Sr. Henry, un inglés cliente nuestro de toda la vida y que siempre se levanta el primero, ha venido a recepción un poco extrañado por haberse encontrado esa obra sobre la fuente das lágrimas. Lógicamente, imagínese, la expectación que ha creado en el hotel cuando ayer no estaba, y nadie sabe cómo ha podido llegar hasta aquí.»

Me adelanté para mirar la supuesta obra. No, no podía ser. Mi sueño ya terminó, ¿o quizás aún estaba soñando? Fuera sueño o no, el caso es que mi cuadro estaba allí, admirado por muchos de los clientes del hotel. Pero yo no podía decir nada. Era ridículo contar mi sueño, pero estaba allí. Aquel cuadro estaba allí, y nadie sabía de dónde había salido, salvo yo. De un sueño. Sé que suena a chiste, pero era así.

«¿Y qué van a hacer con ese cuadro?»

«Por supuesto que nada. Lo ha visto el mismo director del hotel, y lógicamente ha reconocido la imagen en él de Inés de Castro, la famosa amada de Don Pedro, de donde proviene toda la historia que sustentan los jardines de este hotel. Como usted puede comprender, no lo vamos a quitar, pero tiene enorme curiosidad por saber qué cliente lo ha traído en su maleta de viaje. Hemos llegado a pensar que quizás, al ser cliente que le guste el arte, pueda ser el mismo que se dejó en la habitación donde usted se aloja aquellos utensilios de pintura. Sin embargo, no concuerda bien la fecha, ya que este cuadro ha aparecido esta misma mañana. No sé, son cosas inexplicables. En principio, disfrutaremos de la obra.»

Subí de nuevo a mi habitación, estaba aturdida, aquel cuadro allí colocado inesperadamente. Entré en mi habitación, me senté en la cama muy confusa. Comprobé que las puertas del armario estaban ligeramente entreabiertas, las abrí del todo y… ¡el lienzo y todo lo demás había desaparecido! Comencé a tener taquicardias. Pregunté en recepción si alguien había sacado del armario aquellos utensilios, pero nadie había sido. No había entrado nadie a mi habitación, tan solo yo, y recepción tenía la llave. Fui al baño para refrescarme la cara y comprobé en el suelo que había… un pañuelo blanco manchado de pintura con las iniciales «I.D.C.» grabadas sobre el encaje del pañuelo.

Tal fue mi susto, tal fue mi asombro, mis nervios, que hice rápidamente la maleta. No soportaba más estar allí. Era un hotel fantasmagórico. Necesitaba salir de allí. Cogí mi maleta y, con el pañuelo en la mano, me despedí en recepción.

«¿Ha estado usted menos tiempo del previsto? ¿No se ha sentido a gusto?»

«Sí, claro, pero me ha surgido un imprevisto. Lo siento.»

«Cuando quiera, ya sabe dónde estamos.»

«Sí, por supuesto. No lo dude,» dije para mí. «Aquí no vuelvo ni soñando, y nunca mejor dicho.»

Salí hacia mi coche, desvié un segundo la mirada hacia los jardines, y… ahí seguía clavándome la mirada, Doña Inés de Castro. Atacada de los nervios, huí con mi coche por donde había venido. La autopista se me hacía eterna. Me sentía agobiada, ahogada. Necesitaba parar y refrescarme un poco la cara. Paré en el mismo bar de carretera donde antes había estado, pasé al baño, me refresqué la cara, me tomé un buen café cargadito con un bollo, fui a pagar y… mi sorpresa fue cuando me dijo el camarero:

«No, señorita, esto ya está pagado.»

«¿Pagado? Pero, ¿por quién? Si aquí no me conoce nadie.»

«Pues, por lo visto, sí, señorita. Un señor que estaba sentado en aquella mesa del fondo sí que la conocía. Sabía que usted vendría a esta cafetería y ha dejado una nota para usted.»

«¿Y recuerda cómo era el señor?»

«Bueno, sí. No era fácil de olvidar. Era un hombre algo desaliñado, parecía alto, moreno, con largas barbas y con un aspecto un tanto gruñón.»

Aquello me impactó, me dio miedo. Fue la misma descripción que yo tenía del hombre que me encontré en el camino de ida. Esto ya dejaba de parecer un sueño para convertirse en una pesadilla, una pesadilla de persecuciones.

«Por favor, ¿me puede dar la nota?»

«Sí, claro, por supuesto, aquí la tiene.»

«Gracias por todo.»

Me marché del bar con la misma sensación que la otra vez y volviendo a mirar por todos lados. Entré en mi coche, abrí aquella nota. Estaba escrita como en una especie de papel pergamino, y la nota decía así:

«Mi querida dama, tan solo me queda daros las gracias por tan exclusivo, admirable y esperado recuerdo de mi queridísima amada Inés de Castro. Ahora, y tan solo ahora, descansaremos en paz, tanto ella como yo, viendo su adorada imagen sobre una fuente tan bella como ella, La fuente das lágrimas. No le digo de volver a verla, pues sería injusto con usted. Estamos demasiado lejos, y a usted aún le queda mucho para hacer este viaje. Que tenga buena estancia.»

Desde aquel día, dejó de aparecer por las noches la famosa sombra negra que paseaba perdida rodeando La fuente das lágrimas. 

©Mª José Sobrino Simal       Publicado el 6 de enero del año 2024

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