― ¡Tabernero!

La voz resonó en la estancia. Waldo el Heraldo parecía enfadado: acababa de dejar su jarra sobre la mesa, y se pasaba el dorso de la mano por sus crecidas barbas, borrando, de un soplo los restos de espuma que se habían fijado en sus pilosidades. En el local se hizo el silencio: los canteros que, al fondo, canturreaban borrachos; los que, en su misma mesa,  jugaban a clavar un cuchillo entre sus dedos; los que discutían airados sobre la desmesura de las nuevas gabelas que había implantado el barón; los mozalbetes que reían sin más motivo que el de estar ebrios… todos se detuvieron y callaron en el momento en que Waldo el Heraldo vociferó.

―Aquesta hidromiel ―prosiguió a voces― contiene tanta agua como la que fluye de los manantiales a lo largo de una luna, y tan poca miel como la que es capaz de recolectar una abeja sin alas. Si lo que quisiera  es hidratar mi garganta, habría dirigido mis pasos hacia el río, en lugar de a aquesta engañosa taberna.

―La petulancia que exhibe vuesa merced ―contestó el tabernero también a voces― resulta tanto o más engañosa que la taberna a la que vuesos ilustrísimos pies os han arrastrado, por lo visto a la fuerza;  por cuanto no obedece a razones de linaje, ni de santidad, sino a una disparatada y estéril convicción en que vuesa merced alberga derechos que se elevan por encima de los de los demás.

― ¿Sostenéis que aqueste inmundo brebaje es recibido con agrado por los mugrosos parroquianos que nos rodean?  Decidme: ¿acaso debe la libélula someterse a los gustos nutricios de las moscas?

―Lo que sostengo es que cuando la libélula tiene alas de mosca, patas de mosca y cuerpo de mosca, no es libélula, sino mosca.

―Medid vuesas palabras, tabernero. El Heraldo del  Barón es hombre paciente, pero hasta los más sufridos sabios se indignan ante la bellaquería, y la insolencia.

El denso silencio cuarteaba cada instante que transcurría, y entre los presentes se cruzaron miradas expectantes y llenas de curiosidad. Aquella discusión entre el tabernero y Waldo el Heraldo era lo más entretenido que había acontecido en ese antro, desde que alguien, en el origen de los tiempos, tuvo la ocurrencia de fundarlo.

―Disculpad que aqueste humilde tabernero no se haya percatado de que tan lustrosa diafanidad recorra vuesa mente insigne. Estoy convencido de que con la  clarividencia, cognición, y prudencia, de que hacéis gala en todo momento, mi establecimiento estará a partir de ahora, tan colmado de sapiencia como la que se esconde tras los muros de la biblioteca de Alejandría. Y, sin duda, haciendo uso de los prodigiosos pensamientos que debéis estar acostumbrado a experimentar, no os costará comprender la proposición que, si tenéis a bien escucharme, estoy dispuesto a haceros.

― ¡Hablad!

―Si vuesos portentosos razonamientos han sido bien asimilados por la oquedad que se aloja más allá de mi cráneo, afirmáis que la hidromiel de mi taberna está aguada y desprovista de alcohol.

―Así es.

―Entonces supongo que tendréis a bien participar en la competición de bebedores que casualmente, aquesta noche tenía previsto celebrar. Las reglas son sencillas, aguantar más jarras que vueso oponente, sin vomitar, ni quedarse dormido. El vencedor no sólo quedará exento del pago de la hidromiel consumida, sino que además percibirá una cubeta de la más sabrosa que guardo en mi bodega.

Los parroquianos estaban absortos, tratando de captar hasta el más mínimo detalle de aquella disputa, con el fin de relatarla adecuadamente a los que no estaban presentes. Si duda, aquella escena daría mucho que hablar en la aldea en las próximas semanas.

―No puedo decir que será un placer beber tan insípido mejunje, ni tampoco llevarse una cubeta, que lo mismo serviría para abrevar a un asno, pero tomaré parte en vuesa deslavazada competición.

―Dado que es pura agua del manantial lo que vuesa merced encuentra al trasegar de mi hidromiel, no tendréis inconveniente en que vueso rival sea Tragolargo, el cantero.

―Con el aguachirri de vueso tugurio, no rehusaría ni  aunque el propio Baco se enfrentara a mí.

―Creedme, vuesa merced, que hasta el dios romano se escondería bajo su cama, si tuviera a Tragolargo como rival. Pero si estáis listo, y no tenéis inconveniente, no veo motivos para postergar más aqueste asunto. ¡Tragolargo, acércate aquí y siéntate!

De la mesa de los canteros se levantó un tipo enclenque y canijo que estaba ya completamente borracho. A trompicones, dio unos pasos, y tuvo que retroceder, pues había perdido el equilibrio: los desbocados movimientos que hizo, recordaban a los de las antiguas danzas que se bailaban en la aldea antes de que fueran prohibidas por el barón.  Zigzagueando y lanzando pasos hacia adelante y hacia atrás consiguió llegar hasta la mesa de Waldo, y se sentó frente a él.

―¿Aqueste es tu campeón? ―rió Waldo el heraldo―  ¡Pero si no se tiene en pie de la cogorza que lleva! ¿No prefieres traer a un recién nacido para que compita contra mí? ¡Seguro que aguanta más que aquesta piltrafa!

―Vuesa merced hace gala de un notable ingenio ―respondió el tabernero sonriendo―. Enseguida veremos si dicha virtud os resulta de utilidad para vencer en aquesta pugna. ¡Comenzad!

Durante las cinco primeras jarras los dos contendientes bebieron a la par. Waldo el Heraldo mostraba una mirada amenazadora que hacía brillar por encima de la parte del recipiente que tapaba su rostro, y que se clavaba en los ojos vidriosos de Tragolargo, quien se limitaba a trasegar sin inmutarse.

Cuando el cantero golpeó con el culo de su sexta jarra vacía sobre la mesa, al heraldo aún le quedaba una cuarta de la suya, y la inclinó más para acelerar la ingesta. Cuando consiguió dejarla sobre la mesa, y coger la sexta, Tragolargo ya estaba por la mitad de la séptima.

La ventaja fue aumentando jarra tras jarra: para cuando el cantero comenzaba la décima cuarta, Waldo aún se esforzaba por tragar la décima. Los presentes se hallaban emocionados, y jaleaban a Tragolargo, a quien cada vez se le veía más  fresco y risueño. Al final de la undécima, Waldo vomitó; aunque sobre el sonido del goteo de sus excreciones, se impuso la ovación que los presentes dedicaron al diminuto cantero. El tabernero, después de alzar el brazo de éste, dijo:

―Me temo, señor heraldo, que vuesa merced ha sucumbido en esta liza. Y francamente, debo decir que me sorprende que el agua pura del manantial produzca ese efecto fulminante en vuesa merced; salvo que os hayáis percatado de que lo que de esa forma apelabais, no es sino rasposa hidromiel, rica en fermentos y rebosante de alcohol.

Waldo terminó de limpiar los restos de vómito de su barba y, ceñudo, contestó:

―Sigo sosteniendo que en esta taberna no se trasiega más que agua coloreada de ámbar.

―Supongo que vuesa merced no me calificará de presuntuoso si os digo que intuía que afirmaríais algo parecido. Son los heraldos los que relatan las historias, así que queda en vuestra mano el modo en que queráis que aquésta  sea contada. ¿Diréis que el heraldo Waldo fue derrotado en una justa lid, bebiendo una hidromiel sabrosa y corpulenta? ¿O seguiréis afirmando que os emborrachasteis con agua del manantial? Vuesa es la decisión, señor heraldo, pero tened en cuenta, que en aquesta aldea, además de vuesa merced, hay tantos heraldos como personas tienen su morada en ella, y que la versión que escojáis será la que ellos se encarguen de propagar por toda la comarca.

―Para ser un humilde tabernero, os conducís de forma bien arrogante, y hasta os permitís proferir amenazas contra el Heraldo del Barón.

―En modo alguno debéis encontrar amenazas, donde sólo hay un relato de los hechos venideros. En vuesa mano está encaminar los pasos del destino en una dirección u otra. ¿Seréis Waldo en que perdió con bravura ante el invencible Tragolargo? ¿O seréis Waldo el que se mamaba con agua?

El heraldo miró pensativo su jarra, aún medio llena. Todos los presentes tenían sus ojos clavados en él, y algunos estaban tan pasmados que parecía que el alma se les iba a escapar por sus bocas abiertas. Tragolargo dio un largo sorbo y terminó con calma su décima cuarta jarra. El tabernero sonreía con malicia. De improviso, Waldo se puso en pie y, con un hilo de voz, dijo como de pasada:

―Vuesa hidromiel es soberbia.

Y se alejó de la mesa en dirección a la puerta del local. Sólo había dado tres pasos cuando el tabernero dijo:

―¿No se olvida de algo vuesa merced?

Waldo el heraldo se detuvo, caminó hasta él, sacó un taleguillo, y le entregó dos monedas de bronce. Luego salió del establecimiento en silencio. En cuanto la puerta se cerró tras él, los parroquianos estallaron en carcajadas.

© Carlos Calbacho

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Categorías: RELATOS

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