En una pequeña casa de paredes blanqueadas, los hermanos Chio y Puli vivían rodeados de misterio. Su hogar estaba lleno de escaleras que parecían llevar a mundos secretos. Por las noches, la luz de la luna se filtraba por las rendijas de las persianas, creando sombras danzantes en las paredes. Los niños se maravillaban al ver cómo sus manos, al moverse, proyectaban figuras enigmáticas.

En aquellas navidades, sus padres les regalaron un tesoro: una máquina de juguete que prometía llevarlos a mundos aún más asombrosos. Era un proyector de imágenes, pero solo disponía de dos rodillos de película en celofán. En cada uno, había pequeñas historias de animaciones que los hermanos veían una y otra vez. Pero pronto la curiosidad los llevó a buscar más películas.

Una tarde preguntaron en la tienda de juguetes del pueblo, aquel señor bonachón de bata gris buscó en una caja cerrada con llave.

La caja tenía un brillo especial, de allí sacó y les ofreció un rodillo de película para su máquina. Con sonrisa burlona les dijo “con esta película no necesitareis ver más, la recordareis toda vuestra vida”.

Chio y Puli volvieron a casa intrigados por las palabras que les dijo el señor de la tienda; Puli preguntaba a su hermano que había querido decir el Sr. Antonio, Pero Chío no tenía respuesta para su pequeño hermano.

Rápidamente Chío conectó la máquina de “cine”; al insertar el rodillo en la máquina la lámpara del proyector se encendió con una luz más brillante de lo habitual y algo mágico sucedió. Las sombras en las paredes cobraron vida. Los personajes saltaron del proyector y se mezclaron con las luces y las sombras de la habitación. Los niños se encontraron en medio de una aventura inesperada.

El proyector los llevó a un mundo de fantasía, donde los árboles susurraban secretos y los ríos brillaban como diamantes. Chio y Puli se convirtieron en héroes de su propia historia. Lucharon contra dragones de sombra, rescataron princesas de papel y exploraron bosques encantados. Cada noche, la máquina los transportaba a un nuevo relato, y ellos se sumergían en sus propias sombras chinescas.

Pero un día, el proyector se apagó. Los rodillos se habían desgastado por tantas aventuras. Chio y Puli sintieron una mezcla de tristeza y gratitud. Habían vivido más allá de las paredes de su casa, en un mundo donde las sombras eran puertas a la imaginación.

El último rodillo mostraba una escena especial: ellos dos, tomados de la mano, despidiéndose de los personajes que habían conocido. Las sombras se desvanecieron, pero la magia permaneció en sus corazones.

Así, Chio y Puli aprendieron que las historias no solo se ven en una pantalla, sino que también se viven en las sombras y los rincones de la vida. Y aunque la máquina dejó de funcionar, su imaginación nunca se apagó. Juntos, continuaron creando sus propias historias, llenando su casa de luces y sombras, como verdaderos cineastas de lo invisible.

© Seudónimo: Santi Colilla  Publicado el día 8 de junio del año 2024

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1 comentario

Chio · 08/06/2024 a las 19:47

Que tengo un hermano fantastico

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