Irrumpe la noche ante el día agotado, borrando los girones ocres del estío. El escritor, temblando, contempla con melancolía ese último folio. La historia ha llegado a su fin. Pero él se resiste. Duda. Sabe que no volverá a ella. No regresará a cambiar su destino. Creador que fue y ahora, ante ese cielo oscurecido, se siente ausente, incapaz. Se demora, obligándose a no releer. Vencido ante la creación que por fin  ha ganado el pulso que un día inició contra el folio, contra el tiempo. Nunca contará como la página veintiocho le golpeó en la boca, negándole continuidad a la historia. O cómo esa mancha de huevo frito estuvo presente en el dialogo imposible del capítulo cinco. Ni contará como desnudo se levantó una noche, para romper la historia y darle un giro al guion. Evitará el paseo por el parque. En su delirio cambió la fuente de sitio. Y lo prefiere así. Le resulta insoportable verlo diferente. No llamará a Ramón por miedo a delatarse. No se atreve a decirle que para nunca será Ramón, si no Felipe. Y teme que Ramón lo note. O tal vez sólo tema ver, en los ojos del amigo a Felipe. La libreta de apuntes, es hoy aburrido recuerdo de fracasadas frases que no tuvieron hueco. Y se despide igual que el día. Ante el último girón ocre, que en ese postrero instante, se desdibuja. Colocando un acento olvidado, una coma perdida. Dando fin al escrito antes de que la oscuridad le cubra.

Purificación Minguez ©

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1 comentario

Marse · 31/08/2023 a las 16:00

Manera increíblemente deliciosa de ver cómo juega y convive el escritor con su obra, con su historia y su imaginación.

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