Asombroso cuando llegué a aquella ramblita. El cielo vestía de gris, y la ciudad parecía dormir.

Les veía de reojo, a lo lejos, bien altos y robustos, con hermosos brazos, parecían quietos, tranquilos.

Pero, conforme iba entrando comenzaban a murmurar unos con otros.

Ciertamente intimidaban, pero yo seguía andando. Ahora no murmuraban, me miraban, fijamente,

levantaban poco a poco la voz, sentía que me hablaban, que me acechaban señalándome con sus tremendos brazos, esta vez no me ponían nerviosa, me daban miedo.

Llegó el momento, si, ese momento en el que se dirigían a mi, clavaban sus ojos, movían los brazos de un lado a otro, estaban rabiosos, intentaba ocultarme bajo el abrigo e incluso bajo la bufanda,

pero parecían querer arrebatarme el abrigo, el bolso, e incluso se cogían del pelo medio enredándomelo mas, yo intentaba sujetarme para mantenerme en pie como podía, pero ellos …todos contra mi.

Me tiraban hacia el suelo, hacia los lados, todo menos poder seguir con mi camino, no podía.

Medio podía divisar algo al fondo del camino, si, allá estaba.

Seria, vestida toda de gris, esperando a que yo fuera para refugiarme con ella, me estaba esperando.

Intenté hacer fuerza para ir hasta ella, aunque no me dejaban fácilmente, pero yo seguía, luchaba y luchaba. Con los ojos apenas cerrados empujando todo lo que podía conseguí salir de allí y aferrarme a ella. Si, por fin conseguí aferrarme a aquella farola que estaba al final de la calle, ella me salvó de ellos… si, de aquellos intrépidos y furiosos grandes árboles envueltos en aquel no menos furioso viento.

                                                                           © MªJosé Sobrino Simal 

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1 comentario

María Esther Diez · 02/11/2023 a las 08:44

Me encanta, el final es simplemente genial!!

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