¿Alguna vez querido lector se ha preguntado lo que hubiera ocurrido en su vida si la diferencia en algún hecho variase unos segundos?

Bien,  para ello nos fijaremos en un día cualquiera de Dylan,  nuestro personaje.

Suena el despertador,  arrastra sus cansados pies hacia el baño donde un triste espejo le da los buenos días. Se viste torpemente, intentando guardar el equilibrio entre pierna y pierna. Prepara el café un día más, mientras se fija en el humeante dibujo a través del cual,  intenta intuir el nuevo día.  Recoge las llaves junto al móvil,  ese que nunca recibe llamadas.

Dylan se acerca al quiosco, el mismo de todas las mañanas, para recoger el ya inseparable diario junto al paquete de chicles. Al llegar a la estación saca de su billetera la tarjeta multiviaje, impresa con la pequeña alegría de “un hoy viajas gratis”.

Una luz intensa proveniente de la oscuridad indica que el vagón se aproxima  para transportarle  a la  reunión con el consabido  “orden del día”.

Después, a mediodía, el momento de relax teñido de chocolate en el «Camera café»  al fondo del pasillo, para después a las 14 horas, acudir al restaurante y saborear el plato favorito de cada día.

Dylan es muy consciente de que está demasiado cansado de este pequeño “Show de Truman’.

Le salva pensar en Noelia, alta, morenita, nariz respingona y hoyuelos en los carillos, su antigua compañera de trabajo, a la que ama en silencio. No la ve desde que optaron por dejar aquellos «juegos de niños» miradas, sonrisas, roces de manos cuando conincidian al atravesar el pasillo. Él se está enamorando, ella… sólo se presta a dejarse querer.

Ahora vamos a jugar con el tiempo. ¿Se imagina, querido lector, que cuando Dylan se dispone a coger su juego de llaves para ir al trabajo, éstas se caen?

Acompañaremos de nuevo a Dylan en un nuevo hipotético amanecer. Vuelve a sonar un día más su despertador,  vuelven de nuevo sus pies arrastrándose junto con el resto del cuerpo hasta baño, vuelven los pies a jugar con el equilibrio de su cuerpo. El espejo le habla de nuevo, y a través de su reflejo le devuelve unos ojos cansados. Asoma de nuevo el humo del fiel café desde la cocina.

El tiempo se ralentiza como si una lenta cámara captaste cada momento.

Dylan retrocede a la mitad del pasillo para coger de nuevo las llaves con un gesto mecánicamente imprudente. El reloj del tiempo vuelve a girar, y el play de su imaginación vuelve a ser pulsado.

No se para en el kiosco, va con prisa. Saca nervioso su tarjeta multiviaje, pero hoy el vagón por apenas unos segundos ha emprendido la marcha, y Dylan pierde unos minutos en espera del siguiente.

Desde el andén ve llegar a Noelia. Hacía tiempo que no coincidía con su amor de oficina. Nunca se atreve a decirle nada, pero esta vez la anima a intercambiar los números del móvil, y hasta consigue quedar para tomar una copa esa misma noche.

Menudo logro- se dice para sí–

Llega al trabajo, donde comprueba que la reunión ya ha comenzado. Al intentar entrar su jefa le pide que aguarde unos segundos fuera. Dylan aguarda. Ella, tras unos minutos de tensa espera, con cara de pocos amigos, le comunica que hoy el retraso ha sido excesivo demostrando así muy poca formalidad con la empresa y el trabajo.

Dylan intenta contar lo ocurrido, pero su jefa no quiere escucharle y le manda a recoger la carta de despido.  Aturdido, se dirige al “camera café” donde coge el chocolate de todas las mañanas, que hoy con los nervios vierte sobre la camisa. Rabioso, se encierra en el lavabo, limpiando cómo puede la mancha, pasándola el secador de manos intenta, sin éxito, disimularla un poco.

Se mira en el espejo, planteándose si volver a casa y llorar las penas pero no encuentra las llaves, perdidas en algún lugar de sus bolsillos. Perdido en una ensoñación sin rumbo, calcula si no será mejor quemar el asfalto de la ciudad de una vez por todas.

Al final decide irse a comer a un restaurante del centro, allí se encuentra con el antiguo directivo de una empresa rival. Una empresa que hace algunos años le ofreció un buen puesto de trabajo, coche propio, empáticos compañeros, y café de cafetera italiana. Recuerda que lo

rechazó porque el sueldo era inferior. Nuestro amigo se sienta junto a él en el restaurante, comentan entre ellos como van las cosas. Dylan confiesa que se siente aturdido por el trato que acaba de recibir, por el altercado y sus consecuencias.

Su compañero de mesa renueva de nuevo la antigua oferta, le hace notar  que al cabo de tantos años de servicio él no se merece que le manden a la calle por tan solo esos minutos de diferencia.

Dylan acepta el comentario con una sonrisa, como si el tiempo, al dar un vuelco inesperado esa mañana, le hubiera concedido una nueva oportunidad de romper con la rutina.

Arrima su bandolera para palpar el móvil que por fin suena, se reencuentra con las llaves que creía perdidas.  Recuerda su cita para esa noche…

Sonrie.

© M.ª José Sobrino Simai

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