Ya estábamos llegando a la calle la que baja hasta el malecón, Elena toda sofocada, ¡y yo que voy a hacer si me aprieta Manuel!, y las prisas, ¡y cómo sudo Manuel! pero no importaba porque Elena me miraba con esos ojos turbios que se le ponen en ocasiones, yo feliz augurando la noche donde todo se aclararía y la mirada sería sangre en las bocas rojas como mis ganas, y el no pensar en los trescientos euros, segundo palco, que a estas alturas adivinaba de oro, pero seguro les dio como apuro ostentar y se quedó en platea, y yo sin ella, la Elena pisando el charco con sus botines de rafia puntiagudos que la obligaban a cimbrear la cadera bamboleándose como aquellos cuencos llenos de guiso humeante después de cuaresma, allá por mi infancia, y dar la vuelta a la curva ¡cuidado Elena que te llevas la esquina!, y que quieres Manuel si no puedo girar con estos zancos, pues aún queda la escalinata, pienso calculando la proeza en pirueta y si debería sopesar sostener a Elena en el aire si acaso el desastre, y toda la luz cegadora que iluminaba los arcos, los ventanales asomando lágrimas cuajadas en gualdo al igual que manzanas de oro del jardín de las Hespérides, y como encienden eso Manuel que parece fuego el teatro y cuanto sobra en la casa del rico, te digo, que con una mirada estos ya se ven para siempre y así se distinguen de nosotros,  yo con el no te preocupes Elena que no te olvidarán tan linda y apretada como vas hoy, y es que así la veo, hermosa heroína dolorida e indefensa, entre el resplandor apenas cortado por las insignes piedras que culminan en una cúpula habitada por algún gran dios omnipotente, y ella sabía, como la más antigua de las madres negras, diciendo no te lo creas Manuel que al primero que se acerque le suelto una ostia, mientras rezo por la lejanía y que bien pensado el palco, sentado, pasado el peligro, aunque Elena asomada, no tienes vértigo alguno descarada Elena mirando como brillan aún más los pescuezos que las lámparas, y ese frufrú denteroso, sinuoso y susurrante de las sedas rozando traviesas pezones y nalgas, los hombres de pie esperando que se sienten las damas mientras sube la orquesta desde algún lugar ignorado, desde el fondo de la tierra, desde el abismo mágico donde se entierran las notas decantándose al igual que un buen vino en la boca, con la música incipiente acompañada de algún carraspeo herido y contenido en la disculpa mientras el director se gira a recibirnos agradecido haciendo el cálculo, y yo comprendiendo el gesto, suspendida en el aire la batuta autorizándonos el silencio grave que se dispersa instantáneo como un rayo erótico descargándose sobre el público, inmovilizándole, qué poco tiempo parece una hora, y entran, y salen, mientras el timbre penetra en los huesos calentándolos, arpegio, viento, cuerda, piel tensada en el último segundo acompañando a un ángel cargado con una sierra que rasga el corazón en su lamento, dando la entrada a Mariana, doscientos kilos de vapor locomotor concentrándose en la nata del pecho al que parece haberle caído cuatro gotas de canela, con sus brazos de estibador de puerto y en la garganta un timbre imposible sonando sin aviso en mi esqueleto, presagiando el último embate de un buque perdido ante un proceloso mar turbulento, la voz perfecta llamando a las puertas del cielo cargada de dolor por las ausencias, y Elena ya por mi olvidada, olvidada la noche y hasta la médula, solo avidez y denuncia, y Manuel porque lloras, no lo sé Elena, pero es el llanto más dulce de mi vida.

© Purificación Minguez

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